Trevelin: Una Historia de Ancestros, Tradiciones y Convivencia Pluricultural


Aquí, en el corazón de la Patagonia andina, se encuentra Trevelin. Un valle rodeado de picos nevados de la cordillera que se suavizan para dar paso a planicies fértiles y ríos de deshielo.

Quienes recorren hoy sus calles floridas, respiran el aroma a repostería tradicional y contemplan las plantaciones de tulipanes descubren un pueblo dinámico y pintoresco. Sin embargo, la verdadera complejidad de Trevelin no reside únicamente en la majestuosidad de su paisaje, sino en la profundidad de su trama social. Este rincón del Chubut es un espacio esencialmente pluricultural, moldeado por la coexistencia de tres corrientes humanas bien diferenciadas: las comunidades originarias mapuche-tehuelche, los pioneros galeses llegados de ultramar y los trabajadores migrantes de la vecina república de Chile.

Para comprender la identidad del Municipio de Trevelin, el pueblo y los parajes cercanos comprendidos en su ejido, es necesario desandar el camino del tiempo y adentrarse en los escenarios de esta historia compartida.

Invitamos a los vecinos, visitantes e investigadores a recorrer esta breve crónica institucional y humana; un relato que prescinde de las visiones idealizadas y propone el concepto de pluriculturalidad, entendiendo que la convivencia histórica no ha estado exenta de tensiones, asimetrías y desafíos territoriales, pero que es justamente en el reconocimiento y respeto de esas identidades diversas donde radica la fortaleza de nuestra comunidad actual.



Comunidades Mapuche-Tehuelche: Custodios Ancestrales

Mucho antes de que los mapas oficiales trazaran fronteras estatales o que la producción agrícola transformara el paisaje, las tierras que hoy integran el ejido de Trevelin y sus alrededores ya tenían nombres, caminos y guardianes. Las comunidades nativas, pertenecientes a los pueblos Tehuelche y Mapuche, habitaban y transitaban estos valles con un profundo sentido de pertenencia y respeto por los ciclos de la naturaleza.

Para estos pueblos originarios, el entorno andino no era un espacio vacío por conquistar, sino un territorio que proveía el sustento material y espiritual. Durante siglos, desarrollaron un modo de vida adaptado a las condiciones climáticas de la Patagonia. Aquí encontraban recursos para la caza del guanaco y el choique (Rhea pennata o ñandú patagónico), así como para la recolección de frutos autóctonos y plantas medicinales. Su organización social y su memoria se transmitían de manera oral y de relatos ancestrales que explicaban el origen de la geografía local.

La llegada de las primeras expediciones occidentales al valle, a fines del siglo XIX, abrió para la historia regional un capítulo singular: A diferencia de las confrontaciones abiertas que caracterizaron a otras regiones de la frontera pampeano-patagónica, el primer contacto formal entre los nativos y los colonos galeses recién llegados (1865 a las costas del actual Puerto Madryn) estuvo marcado por dinámicas de y cooperación mutua, aunque no exentas de tensiones y conflictos producto de las diferencias de idioma y sus culturas. Los pueblos originarios compartieron sus conocimientos sobre las rutas de tránsito y el comportamiento de la fauna local, estableciendo sistemas de trueque que resultaron vitales para la subsistencia de los pioneros galeses en el Valle Inferior del Río Chubut.

Sin embargo, el avance definitivo del Estado argentino con sus campañas militares de conquista y sometimiento del territorio patagónico, alteró drásticamente la realidad de los antiguos habitantes. Desplazadas a sangre y fuego de sus hábitats ancestrales, las familias originarias sobrevivientes a la denominada “Conquista del Desierto” fueron obligas a reubicarse en espacios determinados, dando origen a parajes emblemáticos donde debieron resistir culturalmente para mantener vivas sus tradiciones frente a las presiones del nuevo orden estatal y económico.

En la segunda década del Siglo XX, el paraje de Lago Rosario se constituyó históricamente como un espacio fundamental de esta resistencia. Allí, numerosas familias mapuche-tehuelche se asentaron de manera definitiva, transformando sus prácticas de subsistencia hacia la pequeña ganadería ovina y caprina, la agricultura familiar y la preservación de las artesanías textiles. Las mujeres de la comunidad mantuvieron viva la técnica milenaria del telar mapuche, utilizando lanas hiladas a mano y tintes naturales extraídos de las raíces y cortezas del bosque nativo para crear piezas con un profundo valor simbólico. Estas piezas pueden encontrarse hoy en la Casa de las Artesanas ubicada en el corazón de la comunidad.

Paralelamente, el paraje de Sierra Colorada emergió como otra de las comunidades que supo resguardar sus raíces en el tiempo. Situado entre laderas que adquieren tonalidades rojizas con la luz del atardecer, este sector ha mantenido prácticas espirituales y comunitarias como el We Tripantü (“nueva salida del sol”, rogativa por el nuevo año mapuche), espacios de comunión donde se agradece a la tierra y se pide por el bienestar de los habitantes del valle.

Hoy en día, las comunidades originarias de Trevelin reivindican su lugar en el presente. A través de proyectos de turismo comunitario, los parajes de Lago Rosario y Sierra Colorada abren sus puertas para compartir su gastronomía —como la tortilla (pan casero) al rescoldo y platos a base de trigo, hongos de pino y carne de cordero—, su artesanía tejida y su cosmovisión, recordándonos cotidianamente que la historia de Trevelin hunde sus raíces en la memoria indígena de la tierra.


Pioneros: Los galeses y el Pueblo del Molino (Tre-Velin)

El segundo gran componente de esta matriz pluricultural comenzó a gestarse a miles de kilómetros de distancia, en los puertos del Reino Unido, y tuvo su desembarco en las costas de Puerto Madryn en 1865. Una comunidad de inmigrantes galeses llegó a la Patagonia en un intento por alejarse de la opresión que Inglaterra imponía en sus tierras, y buscando libertad para conservar su idioma, sus tradiciones religiosas y su cultura. Tras dos décadas de sacrificios en el valle inferior del río Chubut, un grupo de colonos miró hacia el oeste, atraído por los relatos sobre tierras fértiles y boscosas al pie de los Andes.

En el verano de 1885, la expedición de "Los Rifleros del Chubut", liderada por el coronel Luis Jorge Fontana (primer gobernador del Territorio del Chubut), emprendió la travesía hacia la cordillera. Tras semanas de marcha por la estepa, los exploradores contemplaron un valle de un verde intenso, surcado por ríos cristalinos, al que bautizaron como Cwm Hyfryd (Valle Hermoso).

Poco tiempo después, en 1891, las primeras familias galesas comenzaron a trasladarse desde la costa para iniciar el asentamiento formal. La tarea rural fue titánica: preparar los campos para la siembra y diseñar un complejo sistema de canales de riego que aprovechara el agua de los ríos cordilleranos. La tenacidad galesa permitió que la agricultura prosperara rápidamente, y el trigo producido en este valle comenzó a ganar fama por su altísima calidad.

El nacimiento de la localidad está indisolublemente ligado a la producción harinera y a la figura del colono John Daniel Evans. En el año 1918, Evans junto a sus socios Elías Owen y Thomas Morgan inauguraron el molino harinero Andes, una monumental obra de ingeniería para la época que centralizó la producción triguera de la región.

A su vez, la sociedad de Evans, Owen y Thomas, reservó una superficie de un cuarto de legua junto al molino y allí procedieron a crear un pueblo. El impacto de este establecimiento fue tan profundo que los pobladores comenzaron a referirse a la zona como el "pueblo del molino". En idioma galés, esta frase se traduce combinando los términos Tre (pueblo) y Velin (molino), dando origen definitivo al nombre de nuestra localidad: Trevelin.

La herencia galesa también dejó una marca imborrable en la organización comunitaria, la fe y la vida social del pueblo. El centro de la vida colectiva giraba en torno a las capillas protestantes de ladrillo a la vista y techos de chapa acanalada, como la capilla Bethel. Estos espacios no solo albergaban los servicios religiosos, sino que también funcionaban como escuelas, salas de asambleas civiles y epicentros de la actividad musical y coral.

Un episodio histórico de trascendencia internacional coronó el compromiso de esta corriente migratoria con su nueva patria adoptiva. A comienzos del siglo XX, la República Argentina y la República de Chile mantenían una disputa limítrofe sobre la soberanía de los valles cordilleranos. Para resolver el conflicto de manera pacífica, la Corona Británica envió al árbitro internacional Sir Thomas Holdich a relevar la opinión de los habitantes locales.

El 30 de abril de 1902, en la Escuela Nacional Nº 18 del paraje Río Corintos, se llevó a cabo un histórico plebiscito. Reunidos en esa escuela, para recibir a la Comisión de Límites que recorría el territorio en disputa, los colonos galeses —quienes habían recibido del Estado argentino el reconocimiento de sus tierras— manifestaron por escrito su esperanza de que fuera el Estado Argentino quien otorgara los títulos de propiedad sobre las tierras que ocupaban. Esta expresión, explícita y rubricada por los pioneros, resultó determinante para el laudo arbitral que en 1902 otorgó a la Argentina la soberanía sobre el Valle 16 de Octubre.

El legado galés se manifiesta hoy en el trazado de los canales que aún riegan las chacras del valle y en la mundialmente famosa ceremonia del Té Galés, un espacio donde la repostería tradicional invita al encuentro y al resguardo de una memoria centenaria.


La Corriente Migratoria Chilena

La construcción histórica y diaria de Trevelin posee un componente fundamental, cercano y profundamente sudamericano: el aporte constante de los migrantes provenientes del hermano país de Chile. La cordillera de los Andes, lejos de operar como una frontera infranqueable, funcionó históricamente como un espacio de tránsito natural a través de pasos terrestres de baja altura.

Desde finales del siglo XIX y con mayor intensidad a lo largo del siglo XX, miles de ciudadanos chilenos cruzaron la frontera en busca de oportunidades laborales y horizontes de progreso familiar. Este flujo migratorio, compuesto principalmente por hombres y mujeres de sectores rurales del sur chileno, traía consigo una vasta experiencia en el manejo de la vida en entornos de montaña y bosques templados lluviosos.

La llegada de la corriente chilena fue el motor que dinamizó la economía rural del valle. Mientras la comunidad galesa consolidaba la propiedad de las chacras y la dirección de las empresas cooperativas, los trabajadores chilenos aportaron la mano de obra indispensable para llevar a cabo las tareas físicas más exigentes y especializadas del campo patagónico. Fueron ellos quienes dominaron los exigentes inviernos trabajando en las temporadas de esquila ovina, quienes abrieron caminos vecinales a través del denso bosque andino y quienes levantaron las líneas de alambrados que ordenaron el territorio rural.

El paraje de Aldea Escolar, ubicado a pocos kilómetros del casco urbano central de Trevelin y en las inmediaciones del río Futaleufú, se convirtió en uno de los núcleos residenciales y comunitarios para muchas de estas familias trabajadoras. En sus orígenes, este paraje cobijó a los obreros rurales que prestaban servicios en las chacras y estancias de la zona.

La influencia chilena transformó de manera definitiva el tejido sociocultural de Trevelin, conviviendo y aportando sus propias prácticas a la vida diaria del valle. El paisaje cotidiano de los campos comenzó a poblarse con las figuras de los carreros y puesteros de origen chileno, hombres conocedores de los secretos del clima cordillerano, maestros en el arte del cuidado ganadero en las veranadas de alta montaña, y hábiles carreros que posibilitaban el intercambio de mercancías a través de los pasos cordilleranos.

Este aporte humano introdujo y consolidó prácticas culturales que hoy definen la identidad de la región. La gastronomía diaria incorporó platos tradicionales del sur chileno, como las empanadas fritas y los guisados camperos que ayudaban a sobrellevar las crudas jornadas invernales. Las celebraciones populares y las reuniones vecinales se enriquecieron con la música folclórica de la cueca y la tonada, melodías que comenzaron a sonar junto a los antiguos himnos galeses y los ritmos criollos argentinos en las cocinas a leña. Asimismo, la costumbre de compartir el mate amargo se consolidó como el ritual social por excelencia de la peonada y las familias rurales.


La Presa Futaleufú: Transformación Industrial, Impacto Ambiental e Inflexión Social

La fisonomía socioeconómica y territorial de Trevelin sufrió su modificación más drástica y acelerada en la década de 1970, un período marcado por la planificación de grandes obras de infraestructura por parte del Estado nacional. La construcción del Complejo Hidroeléctrico Futaleufú (Presa General San Martín), iniciada en 1971 y culminada en 1978, fue proyectada con un objetivo externo preciso: abastecer de energía eléctrica a la planta de aluminio de la empresa ALUAR en Puerto Madryn. Sin embargo, su emplazamiento en las entrañas del río Futaleufú generó una profunda y compleja transformación en la historia económica, ambiental y social de nuestra localidad.

Desde una perspectiva social y demográfica, la obra funcionó como un gigantesco imán de población que aceleró el carácter pluricultural de la región. La construcción requirió de miles de obreros, técnicos e ingenieros. Un porcentaje sustancial de esta fuerza de trabajo estuvo compuesto por migrantes chilenos y trabajadores provenientes de otras provincias argentinas, quienes dinamizaron de manera definitiva el paraje de Aldea Escolar y el casco urbano de Trevelin. El pueblo, que hasta entonces mantenía un ritmo marcadamente rural y pausado, experimentó una explosión demográfica e inmobiliaria, con la apertura de nuevos comercios, alojamientos y servicios públicos para contener a la nueva población flotante, mucha de la cual echó raíces definitivas en el valle tras la inauguración de la presa.

En el plano económico, la presa marcó el fin definitivo de una era y el inicio de otra. La inundación de vastas áreas boscosas e introdujo dinámicas intensivas de empleo asalariado industrial y de servicios tecnológicos estatales que rompieron con el viejo esquema de las chacras.

Así como el veloz arribo de centenares o miles de obreros demandados por la monumental obra civil trajo aparejado un flujo creciente y constante de dinero a la región, al cabo de la misma se produjo un acelerado declive económico y la migración en masa de trabajadores y sus familias hacia otros obrajes.
Décadas más tarde, y tras un largo período de inercia socioeconómica descendente, Trevelin comenzó a recuperar su iniciativa, apostando al turismo y la producción desde la tierra. El propio espejo de agua artificial generado por la presa —el embalse Amutuí Quimey— y la monumentalidad de la obra de ingeniería comenzaron a ser reaprovechados económicamente a través del turismo de contemplación y la pesca deportiva, reconfigurando el perfil productivo de Trevelin hacia los servicios.

El impacto ambiental y geográfico, no obstante, constituye una de las páginas más dolorosas y debatidas por la comunidad local. El llenado del embalse sepultó bajo el agua un complejo sistema de lagos (situación que motivó su nombre en mapudungun, Amutuí Quimey, que significa "Belleza Perdida") y sumergió miles de hectáreas de bosque nativo de alerces, coihues y cipreses dentro de la jurisdicción del Parque Nacional Los Alerces. La alteración del curso natural del río Futaleufú modificó los microclimas locales, afectó la fauna autóctona y transformó para siempre la relación mística e identitaria que tanto las comunidades originarias como los antiguos colonos mantenían con un entorno fluvial indómito.

La Presa Futaleufú se consolidó así como un punto de inflexión. No solo trajo aparejada la modernización tecnológica y la diversificación demográfica, sino que también dejó cicatrices ambientales y tensiones sociales sobre los costos locales del progreso nacional. Es un monumento de cemento que recuerda diariamente a Trevelin la complejidad de gestionar un territorio donde la naturaleza andina y las demandas del desarrollo productivo se encuentran en permanente tensión.


Conclusión: Un Territorio Pluricultural con Perspectiva de Futuro

Al contemplar el panorama histórico completo de Trevelin, descubrimos que su realidad no responde a una mezcla homogénea donde las diferencias se han disuelto. Por el contrario, Trevelin se define hoy desde la pluriculturalidad: un territorio donde diversas identidades culturales coexisten, interactúan y mantienen vivas sus propias particularidades, memorias y reclamos. Esta convivencia, históricamente compleja y no exenta de las tensiones propias de la distribución de la tierra, los impactos ecológicos de la industrialización y el reconocimiento institucional, constituye el verdadero núcleo de nuestra sociedad.

La sabiduría de los pueblos originarios mapuche-tehuelche nos conecta con el respeto a la tierra y el valor de las raíces más profundas de este suelo. La gesta organizada de los colonos galeses nos legó el valor del esfuerzo cooperativo, el amor por la cultura y una identidad ligada a la producción agrícola que hoy se reinventa en el turismo y la vitivinicultura. Por su parte, la fuerza y la calidez de la comunidad chilena —reforzada durante la construcción de la represa— imprimieron en nuestra sociedad el valor del trabajo diario, la nobleza de las tareas rurales y la apuesta por una convivencia indisoluble.

Desde la Municipalidad de Trevelin, entendemos que preservar esta memoria histórica implica reconocer la diversidad en su totalidad, validando la pluralidad de voces que construyen el día a día del municipio. Los parajes de Lago Rosario, Sierra Colorada, Río Corintos y Aldea Escolar no son periferias; son los pilares históricos que sostienen nuestra identidad colectiva.

En este rincón del Chubut, los apellidos de origen celta, los nombres de raíz mapuche y las tradiciones de la cultura transandina se cruzan diariamente en las aulas de nuestras escuelas, en los despachos institucionales, en los comercios y en las plazas públicas. Somos el Pueblo del Molino, pero también somos la tierra del telar ancestral, del arreo cordillerano y de la energía que brota de la montaña. Con el respeto puesto en nuestro pasado y la mirada firme en un horizonte de crecimiento inclusivo y respetuoso, Trevelin sigue escribiendo su historia: una historia de encuentro, de diálogo y de permanente construcción comunitaria desde la diversidad.

Mié, 08/19/2026 - 10:04

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